Tras una noche entera bebiendo todo tipo de variantes etílicas, caminaba por la plaza cuando cayó redondo al suelo. Desde entonces cada vez que se emborracha los niños del lugar disfrutan jugando al futbol.
Hay un conocido principio activo según el cual todo compuesto que contenga chocolate tiende a embadurnar el rostro de los niños. Lo que aún no quedó claro es a que disciplina pertenece: Si a la Química, a la Física, a la Infancia o a la glotonería.
No sabían si el yuyal entero nacía del vaivén de su falda o si acaso era una de esas sirenas de tierra adentro que en las noches de luna llena recorrían los bosques de mango de aquel país mediterráneo entonando sus agudos y dulces cantos. Cuando suenan sus voces; las ranas, las cigarras y hasta el mismo Ybytyruzú guardan admirado silencio.
Por fin la vida de aquellos hombres tendría un sentido. Ya estaban totalmente reinsertados. Aquellos presos dedicarían su existencia a trabajar en la fabrica de rejas para las cárceles del futuro.
Soñé que una banda organizada de encapuchados robaba todos los besos. En los cines, en las esquinas, en los cafés, en las paradas de bus, en las bocas de metro, en la puerta de la escuela, en el aeropuerto.... La ciudad quedo huerfana de ellos. Desperté lleno de terror y robe de tus labios el primer beso de la mañana como si fuera el último y definitivo beso.
Dícese de la fuerza ancestral e inocente con la que una tarta atrae al dedo de un niño. Muy debil, por cierto, debe ser esa fuerza pues el dedito infantil ya tiende de por si al dulce.
Y en cada uno de nosotros habita aún ese crio dispuesto a la aventura de adelantarse a las leyes naturales y meter el dedo en la nata. O de explorar las llamativas fresas que mancharán nuestra cara y toda nuestra ropa. Es la innata tendencia del saber y del placer.
Malos augurios se confirmaban inapelables.
La situación general pecaba de estancamiento sin posibilidad de cauce. Nada presagiaba luminosas novedades que enderezaran el periplo tortuoso y accidentado del mundo en general; al contrario, pájaros de mal agüero vuelan en círculo sobre las últimas esperanzas.
Ante tal tensión gris, monótona y desangelada que agriaba el ambiente
y el carácter de la gente, ella decidió parar en el puestecito callejero de aquella anciana y comprar uno de esos collares con cuentas grandes de colores de los que, decían, solo se llevaban las turistas. Se lo puso y siguió camino de la estación.
Y el collar tintineaba ahora alegre al son de su esbelto caminar.
Parecía como si los adoquines que pisaba quisieran hacer brotar de sus duras almas un poco de arena blanca de playa.
Sus progenitores le hicieron la gracia: como su padre se apellidaba Colón y su madre tenía aires de grandeza, le pusieron por nombre Cristóbal condenándolo a toda suerte de burlas en su larga etapa escolar y unversitaria, en el servicio militar y en los primeros años de su fulgurante carrera profesional en el sector de la construcción. Pero el era optimista y, eso si, siempre quiso tener un barco.
Hoy, cumplidos los 35, habiendo triunfado en todos los aspectos de la vida, sobre todo en los negocios, y ganado cientos de millones de euros; se dispone a bautizar el inmenso yate que acaba de regalarse y para ello lanzará una botella de champagne contra una proa en la que se puede leer el nombre: TITANIC