Dícese de la fuerza ancestral e inocente con la que una tarta atrae al dedo de un niño. Muy debil, por cierto, debe ser esa fuerza pues el dedito infantil ya tiende de por si al dulce.
Y en cada uno de nosotros habita aún ese crio dispuesto a la aventura de adelantarse a las leyes naturales y meter el dedo en la nata. O de explorar las llamativas fresas que mancharán nuestra cara y toda nuestra ropa. Es la innata tendencia del saber y del placer.
La fotografía es gentileza de Abriles










