Se sentía mal: El pijama que le venia grande, aquel denso malestar que no lograba situar en ninguna parte de su cuerpo, los múltiples matices del blanco en cada rincón de aquella habitación y de lo poco que podia ver del pasillo... Solo el traje azul de las enfermeras variaba el tono de su encierro pues, hasta las mascarillas que solían llevar para no contagiarse de él, eran blancas. A las pocas horas volvió el médico, todo él también de blanco. Lo miró inexpresivo y le dijo :
-. No se preocupe. Hubo suerte y llegamos a tiempo. Después de mucho esfuerzo pudimos contagiarle. Hemos conseguido erradicar la salud. Usted era el último que la padecia. Desde ahora se verá libre del aislamiento.
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miércoles, 1 de julio de 2009
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